viernes, 13 de diciembre de 2013

El vaho del último aliento del verano

Miró por la ventanilla del coche, buscando con la mirada aquella farola que tantas veces le protegió de la oscuridad y le alejó de sus miedos. Era su última parada. No quería vivir en ningún otro lugar: una casa estrecha, de dos pisos. Arrinconada en un callejón sin salida y con una niña al cuidado de su abuelo viviendo dentro. Ese era su hogar. Y como si dejara rastro para retomar el camino, fue sembrando lágrimas a medida que se acercaba al edificio de color rojo con las ventanas blancas rondando el beis.
Eran las ocho de la mañana según su reloj y no podía sentir más cosas en su pecho.
Trágicas despedidas, y besos apasionados olvidados completamente, yacían en aquellos adoquines viejos y gastados.
Derent no dejó de tener amantes, y tampoco dejó de culparse por ello, ya que nunca encontró otra manera de llevar su vida que esa: desequilibrada y desordenada, con tantos altibajos que las montañas rusas parecían asfalto de carretera nacional comparadas con ella. Era un bucanero de corazones, un pirata de besos y un corsario de miradas, dispuesto a robarle el tesoro que pudiera a la guapa de turno.
Muchas personas muy conocidas fueron como él. Las personas que están en ruinas suelen comportarse de la misma forma: tienen problemas, baja autoestima, utilizan a los demás a veces para sentirse mejor, y al ver que hacen daño se alejan... y así continúa un círculo vicioso que hacía girar la monótona rueda del destino con la que Derent se enfurruñaba día tras día, ya que noche tras noche estaba ocupado de más.

Así es, nadie es perfecto, y nuestro protagonista tenía cosas muy buenas en su interior, sólo había que mirarlo con los ojos correctos.
Sin embargo las pocas personas que habían logrado tener esos ojos dichosos que podían ver la magia que guardaba su ser, estaban enterradas, o le habían jurado odio para el resto de sus días.
Amar es destruir
pero dejar de amar es aniquilar.
¿Quién sabe si cada ''te quiero'' era real o si sólo era una excusa para besar a alguien?
¿Quién sabe si alguna vez pudo sacrificarse sin esperar nada a cambio?
¿Quién sabe si alguna vez amó con todas sus fuerzas y fue honesto y amable?
Su hija, quizás.
Derent tenía treinta y tres años, una hija de cuatro y cicatrices de hacía ya dieciocho.
Tanta inteligencia para sacarse la carrera de arquitectura, hacer un máster y...
Renunciar a un trabajo por alguien.
Renunciar a la estabilidad que necesitaba por alguien.
Pero no renunció a sus caprichos, y esto le costó la vida a la persona que más llegó a apreciar en esta vida.
Esa persona viajaba en el ataúd de aquel avión, con un destino incierto, y una vida finiquitada.

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