miércoles, 11 de diciembre de 2013

Otro día entre callejones

Unos ojos verdosos con una veta marrón se desperezaron abrazados por dos legañitas pegadas al lagrimal, y los delicados y minúsculos puños de una niña entrañable de pelo acaramelado y liso, se frotaron levemente contra sus párpados, cerrados de nuevo.
Por la ventana podía verse un paisaje curioso: el viento jugueteaba en aquel callejón con las hojas secas caídas, ofreciendo una vista de lo más otoñal. Una farola plantada enigmáticamente en medio de aquel callejón sin salida, presidía la escena, con algún que otro parpadeo momentáneo, ofreciendo luz a aquel transeúnte martirizado por el frío de Barcelona que todos los días a las seis de la mañana, se acercaba a contemplar el amanecer desde una esquina.
El tiempo en aquella ciudad era cruel y malicioso. Caía como un meteorito. Provocaba una emboscada cuando las bufandas se escondían entre los huecos de los armarios, y los abrigos huían del perchero en la entrada de la sala de estar. Las desafortunadas personas que decidían ir aventurándose por las heladas calles de Barcelona sentían las manos frías del viento golpeándoles la cara cual saco de boxeo, y podían sentir mordiscos del monstruo de la humedad por las piernas y los pies.
El viento helado invitaba a un último vals a la ciudad, y ésta no se podía negar, ya que todo ser con alma necesita un amante. Y jamás se ha conocido en el mundo una ciudad con más alma que Barcelona.

Ni si quiera la lluvia podría apagar las llamas del corazón de la ciudad. Ni si quiera el viento podría llevarse las ideas de Gaudí cuando soñó despierto con La Sagrada Familia. Nadie podría jamás arrebatarle el alma a todas esas historias, tejidas, entrelazadas, llenas de lágrimas, de risas, y de abrazos interminables.
Ni con todo el frío del mundo se extinguiría el calor de una ciudad tan llena de vida y musicalidad, de progreso y de tradición, de novedades y de antigüedades deliciosas, que hacían de un mero espectador como era un objetivo de una cámara, un privilegiado experimentador de todas las maravillas de aquella ciudad: Barcelona era, es, y sería, una delicia.

En las escaleras de un edificio de viviendas cualquiera, amanecía con la luz del sol que se filtraba por las estrechísimas ventanas, otra alma llena de vida, con un pasado denso que aguardaba en su interior: una niebla de recuerdos. Y el vapor de sus ideas fluía en su cerebro y flotaba en sus ilusiones. Derent quizás no era un hombre nuevo, pero tampoco era un mal hombre.
No tenía aspecto de vagabundo en absoluto, iba afeitado y no olía mal. Llevaba zapatos relucientes, parecía sacado de una oficina. Sin embargo llevaba meses sin tener un empleo estable.
Miró su teléfono móvil: de los más baratos que encontró con conexión a Internet y sistema Android, con la batería cargada al 76% y con dos mensajes de Whatsapp sin leer.
El hecho de que hubiera dormido en unas escaleras aquella noche no tenía nada que ver con su situación económica. Lo cierto es que con su dinero podría haberse pagado un hotel, pero decidió quedarse ahí, con una cama improvisada formada por tres sudaderas, un cojín, y su bolsa de mano.

Sonó su teléfono de nuevo, esta vez sus ojos pardos se abrieron con intensidad ya que le sobresaltó el sonido de sopetón.
-¿Diga? -Se acarició el pelo hacia atrás, con un gesto vago de peinárselo mientras abría y cerraba repetida y lentamente los ojos.
-Jane ya está aquí. -Era una voz que sonaba firme y estricta, pero al otro lado de la línea, una mirada color café no escondía más que dolor y preocupación.
La tensión del silencio podría atravesar el caparazón de cualquier animal, la armadura de cualquier caballero, y el corazón del pobre arquitecto, que únicamente supo decir tres palabras:
-¿Quiere que vaya? -Dijo con la voz rasgada y las lágrimas a punto de precipitarse al vacío de su pecho.
-No. -Ella miró hacia el suelo sin poder contener un suspiro seguido de una valiente lágrima suicida que se estampó contra el suelo.
Hubo otra pausa, pero no fue de tensión, fue de lucha interior de cada interlocutor.
-¡Es todo un desastre! -Exclamó.
Se limpió las lágrimas con la manga del suéter por encima de la camisa, sin despegar los ojos de las baldosas que sus pies pisaban. Todo estaba tan frío, y el tan falto de abrazos...
-No ha sido culpa tuya. -Otra lágrima más surcó su mejilla y cayó, pero esta vez fue contra sus zapatos de tacón de color negro.

Derent colgó, cubriéndose la cara con las manos e intentando hacer el menor ruido posible, mientras en un avión, una joven muy fuerte y un ataúd, volaban hacia algún lugar de Bélgica: donde empezó todo.

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